Desde la visión de Jerome
Estoy en una oficina llena de gente que se mueve sin dirección, como almas atrapadas. Caminan entre escritorios, papeles, cajas, pero nadie parece tener un destino. Los ojos de todos están bajos, grises. Se siente una desesperanza espesa, como si nadie esperara ya una respuesta.
Algunas personas lloran. No se escucha del todo, pero se ve en sus caras; sus labios tiemblan sin producir sonido, como si ni siquiera la tristeza pudiera ser reconocida en este lugar.
Frente a mí, una bestia de policía: velludo, con voz grave y una arrogancia tan sólida que casi se puede tocar. Apenas me mira. Responde con gruñidos, monosílabos:
—“Ajá.”
—“Mmh.”
—“Ya veo.”
Su incomodidad es evidente. Se frota la frente, esa frente que se pierde en la calvicie, y ahí sé que va a decirme lo que no quiero escuchar.
—¿Cuándo fue la última vez que lo vio? —pregunta sin mirarme.
—Hace más de setenta y dos horas, oficial. Nadie ha sabido nada de él desde entonces. Hemos publicado en redes, buscado por todas partes… Pero necesitamos ayuda real.
Suspira, se inclina y lanza una carpeta al escritorio como si me hiciera un favor.
—Podemos emitir el reporte de persona desaparecida. Es lo máximo que se puede hacer por ahora.
Empieza el protocolo. Preguntas. Respuestas. Descripciones. Le cuento cómo Ricky conoció al tipo, le muestro nuestras conversaciones, sus redes sociales. Justo entonces… aparece una notificación de Grindr en mi teléfono.
El oficial frunce el ceño.
—Ajá… Ya veo.
Siento que se me retuercen los intestinos. Un calor me sube desde el estómago hasta los oídos. Me está juzgando. Me va a decir lo que todos siempre dicen.
—Mira, ustedes se exponen mucho con esas apps. Conoces a alguien por ahí y luego esto pasa…
Trago saliva.
—Siga publicando. Tal vez algún colectivo LGBT quiera ayudar. Nosotros haremos lo que podamos. Me paro de golpe. Toda la rabia que he tragado me quema la garganta. Estoy a punto de explotar cuando una mano me toma del brazo con firmeza. Me giro. Es otro policía, joven, amable, con una mirada distinta. Una calma suave en sus ojos.
—Ven conmigo —dice—. Vamos a hablar con más calma en el despacho.
Desde la visión de Marco
Sabes qué pensé cuando te vi por primera vez: ¿Dónde estabas tú? No me refiero a esa vez que te reconocí bailando en aquel antro, quedé enamorado de ti. Me refiero a antes.
A los años en que caminé solo, sin saber qué buscaba. A las citas vacías. A los cuerpos fríos. A las miradas que no eran tuyas.
Y entonces te vi. Bailando. Brillando. Como si estuvieras hecho para mí. Quise acercarme contigo, quise besarte. Con esa sonrisa y esos pasos de baile en esa pista a la vista de todos, siendo el más sonriente, tan feliz, yo supe que eras para mí. Quería que todos supieran que por fin te había encontrado.
¡Era el destino! Una señal clara a plena vista. ¿Y quién soy yo para negar los regalos de Dios? En especial uno tan bello como tú. Sabes… Antes de que tú estuvieras en mi vida, dudé de la existencia y ser merecedor del amor. Pero saber que estabas buscando una relación, volverte a ver en las apps para ligar, y todo porque tu último pretendiente decidió dejarte por un “inconveniente personal” (no porque lo tuve que obligar). Nuestro amor estaba escrito desde el inicio
Cuando te volví a ver en la calle, días después, supe que no era coincidencia. Era el destino llamando por segunda vez. ¿Qué caprichoso es el destino?
Te seguí con la mirada, y vaya que me gusta mirarte. Me aseguré de coincidir contigo. No fue difícil. Tú compartías tu ubicación, tus gustos, tus deseos… todos públicos.
Y tú tan deseoso de amor y yo con tantas ganas de amarte. Nadie nunca había visto una pareja como nosotros.Quien fuera que nos mirara sabía que tú y yo debíamos estar juntos. Y es que mírate, mírame. Nos merecemos.
Lo decían en el restaurante.
Recuerdas cuándo les pregunté: << ¿No hacemos una pareja hermosa?>>.
Por favor, ya no estés enojado. Basta de llorar.
Sé que lo que pasó no estuvo bien. Fue un impulso de celos y ya… Te prometo que no lo haré otra vez. Siempre y cuando no vuelva a pasar y… Yo estoy seguro de que no pasará otra vez, ¿Verdad?
Amor… basta. No me gusta que me veas así, me das miedo.
Una carita como la tuya no debería perder la sonrisa. Dime, ¿Cómo puedo hacerte sonreír? Yo solo quiero hacerte feliz.—¿Quieres ver una película? — le digo —¿Quieres que comer pizza? — insisto, ya sé…
¿Quieres coger? No digas que no… Se te ve en los ojos.
Desde la visión de Ricky
Me gusta lo intenso… pero no así.
Pedí un amor que ardiera. Que me adorara. Que me hiciera perder el control. Pero nunca imaginé que ardería en este infierno.
Las advertencias estaban ahí. Las señales. Los gestos. Las pequeñas alarmas. Pero yo… las ignoré todas. Les llamé “pasión”.
Ahora lo veo. Esto no es amor.
Estoy en su cama. Después de que me tomó como quiso. Su peso sobre mí es como una lápida. Entre el sudor, sus jadeos y susurros, ya no reconozco su rostro. Ese rostro que adoraba ahora es un monstruo.
Marco ha convertido su casa en mi prisión. Solo me deja salir de la habitación para seducirme otra vez. Para volver a usarme como garantía de su control. Y lo más triste es que funciona. Pero esta noche… esta noche no escondió su teléfono.
Esperé a que se durmiera, agotado por el sexo que él cree que compartimos. Me levanté. Fui al baño. Caminé como si flotara. Cerré la puerta con cuidado. Tomé el celular. Lo desbloqueé.
911.
—¿Cuál es la emergencia? —preguntan.
—Un joven me tiene secuestrado. Por favor… ayúdenme.
Doy la dirección. Doy nombres. Siento que el corazón me va a estallar.
También le escribo a Jerome. Tal vez lo vea mañana. Tal vez no. Pero tenía que intentarlo.
Justo cuando pienso que lo he logrado, escucho la perilla del baño.
—¿Estás bien, amor?
Golpea la puerta. Luego silencio.
—¡Ricardo! ¡No me hagas entrar ahí! ¡Uno! ¡Dos!
Y entonces revienta.
Su brazo atraviesa la puerta como un demonio liberado. Un cuchillo en la mano. Sangre en el puño.
—Estás loco —grito.
Marco empieza a embestir la puerta como una bestia. Una y otra vez.
No hay más tiempo. No hay más escapatoria. Solo me queda una pregunta, una que se grita en mi mente con cada golpe:
¿Cómo no vi lo que siempre estuvo ante mis ojos?
