Desde siempre tuve ese presentimiento, pero me convencí que era una exageración, ya que siempre me dijeron que tendía a exagerar las cosas.
Algo dentro de mí susurraba que no era buena idea. No era la voz de mi madre, ni la advertencia de Jerome. No era el tarot, ni las señales del universo. Era algo más. La voz interna que todos tenemos, pero que tantas veces decidimos ignorar.
Cada uno de mis sentidos fue entregado a él, por que pensé que era amor:
Mi olfato se perdió entre su aroma mentolado y su perfume corporal.
Mi gusto se rindió a sus cenas disfrazadas de deseo.
Mi tacto fue entrenado para encontrar placer entre el dolor y la posesión.
Mi oído se dejó seducir por promesas dulces como veneno.
Y mi vista… ah, mi vista prefirió mirar el sueño y no al monstruo.
La intuición me despertaba en silencio, me impulsaba a ser astuto, a no dejarme consumir.
Recordaba lo que mi amigo me enseñó: el amor de verdad te hace sentir libre.
Y aunque estuviera preso, mi corazón ya no lo estaba, porque llegué a creer que solo lo necesitaba a él.
Cuando lo conocí después del accidente, con esa sonrisa. Parecía perfecto. De esos hombres que te escuchan, que te buscan, que te hacen sentir importante. Me decía “nene”, me cocinaba, me cuidaba. Yo pensaba: esto es amar de verdad. Pero en el fondo siempre supe que había algo raro.
Mi intuición me habló, pero yo la silencié. No quise ver lo evidente: que no me estaba enamorando… me estaba atrapando.
Y cuando logré pedir ayuda, entendí lo que esa voz interna me decía desde el principio:
Despierta, Ricky. No es amor.
Esa noche, yo decidí escapar, después de haber follado, de dejarlo cansado y en extasis, pude tomar el celular, memorizar la contraseña y me levento al baño, sin mirar atrás. Con pasos firmes, sin hacer ruido. Llevo mi sexto sentido como escudo. Cada latido retumba en mi pecho como una advertencia, pero el miedo ya no me paraliza. La puerta entreabierta es mi única salida, y el eco de su respiración dormida me impulsa a seguir.
Él creía poseerme, confundiendo el amor con el control. Ahora solo quiero volver a sentir el aire sin permiso, la vida sin miedo.
Ahora, frente al oficial, en una sala fría que huele a desinfectante y con la luz ceniza de la lámpara, concluyó mi declaración. Hablo bajito pero claro.
— Esto no fue solo un ataque físico. Fue una prisión emocional. Un plan. Una repetición. Un ciclo. Y sé que hay más personas atrapadas en relaciones así, disfrazadas de pasión, de destino, de intensidad. El amor no debería doler. Y si duele… no es amor.
— No sé si sea necesario escribir eso también.
El policía me mira en silencio. Su expresión cambia, y por primera vez veo en sus ojos algo más que rutina: comprensión.
—Lo que viviste fue muy fuerte —dice con voz baja, firme—. No tienes que enfrentarlo solo. Buscar ayuda no te hace débil, te mantiene en pie. Rodéate de quienes te escuchen, de quienes te sostienen.
Asiento. Afuera amanece, se que Jeromé está afuera de las oficinas de la Fiscalía. Sé que ya por fin voy a poder dormir en mi cama, después de cambiar las sábanas que seguramente aún tienen su olor.
